Por muchas razones, y hasta sinrazones, Silvio Rodríguez es un
cantante fuera de serie. Cofundador, con Pablo
Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, Eduardo Ramos, Sergio Vitier (y aunque nadie sabe
quién la bautizó así) de la Nueva Trova, ha aportado su indudable prestigio a un movimiento que
revitalizó la canción cubana y la catapultó en el plano internacional. No obstante,
aún dentro de un núcleo tan fermental, con el que siempre se sintió plenamente
identificado, Silvio es un talante inconfundible.
Curiosamente, su voz no es cálida ni grave ni particularmente
seductora, sino más bien aguda, de un timbre casi metálico y sin embargo frágil. Al escucharlo,
uno llega a temer que en cualquier momento se le quiebre,
... Con características que en cualquier otro cantante serían anticarismáticas, Silvio funda precisamente su
carisma. Quizá el secreto resida en que siempre transmite una gran sinceridad, una
honestidad a toda prueba, un no aparentar lo que no
es, y, en estos tiempos de famas prefabricadas, de engendros de la machacona y mistificadora publicidad, esa actitud, a
la que el público accede sin intermediarios, significa una bocanada de aire fresco en un ámbito, como el del espectáculo,
por lo común tan especulativo como artificial.
Tomado de: Joseba Sanz, Memoria Trovada de una Revolución,
Editorial Txalaparta, Navarra.